Sueños de una joven

El fin de semana pasado fui con mis hijos de compras, necesitaba adquirir un nuevo cartucho HP para la impresora de la oficina. Aproveché el viaje para realizar compras navideñas y de paso tener tiempo de calidad con mis pequeños, el cual sirvió y mucho, pues mientras viajábamos en el automóvil y mi hijo de 10 años, Raúl, jugaba con su videojuego portátil, mi hija de 17, Rebeca, me platicaba que aún no podía decidir qué carrera estudiar, ella lo que quería era ayudar a las personas, así que medicina era una de sus opciones. Traté de darle consejos como que siguiera sus sueños o que hiciera lo que le apasionara, pero fue alguien externo quien pudo ayudarla a tomar su decisión.

Llegamos a una tienda tecnológica y mientras yo buscaba la tinta junto con Raúl, Rebel (como le decimos en casa en honor a una de las canciones de David Bowie, su artista favorito) se fue a dar una vuelta por la tienda. Encontré lo que necesitaba y cuando nos dirigíamos hacía las cajas vi a mi hija muy entusiasmada hablando con un chico que trabajaba en la tienda. Jamás la había visto tan emocionada hablando con un extraño, pero parecía que el tema el cual estaban tratando era muy interesante. Le di un par de minutos más para que siguiera con su charla antes de gritarle que ya nos íbamos. Cuando terminé de pagar, Rebel nos alcanzó y me dijo: “¡Papá, ya sé que quiero estudiar!”.

En el automóvil me contó que cuando observaba los productos de la tienda se topó con una impresora 3D y comenzó a analizarla hasta que se apareció el vendedor, quien, sin que ella se lo preguntase, le explicó lo que era. Entonces ella le preguntó para qué servía, por lo que el joven le dijo que la mayoría de las personas la utilizan para trabajos de diseño gráfico, como crear pequeñas esculturas que crean en programas, entre muchas otras cosas. “Pero lo más interesante es que hay máquinas mucho mejores que estas y de tamaño industrial, las cuales sirven para un sinfín de cosas. Una de las que más me sorprende es que las usan en el campo de la medicina, creando extremidades que pueden usar para personas que las perdieron en algún accidente”, le dijo el vendedor. Cuando mi hija me lo contaba, podía notar la inmensa sonrisa en su rostro y la emoción con lo que me relataba su historia.

Fue entonces cuando reveló que quería estudiar algo de tecnología y que estuviera relacionado con la investigación médica. “Papá, así puedo ayudar a crear máquinas que hagan brazos, piernas, manos, dedos, ojos, lo que sea para que la gente pueda tener una mejor vida después de sufrir. Ahorita todo eso es muy caro, pero si encuentro alguna forma de reducir costos, estos avances podrían llegar a cualquier persona. ¡Eso sería increíble!”. Yo sólo le dije que al parecer había encontrado su vocación y le prometí ayudarla a encontrar la carrera perfecta para que pudiera hacer todo eso. “Estoy orgulloso de ti, pequeña. Tú y tu hermano son lo mejor que me ha pasado en esta vida”, le dije.