Ayuda a tu hijo con déficit de atención

Actualmente la culpa de que a tu hijo le vaya mal en la escuela es que tiene déficit de atención. Incluso los médicos, psicólogos o psiquiatras coinciden en que deberías medicarlo para que pueda tener una mayor retención y esté más tranquilo a la hora de estudiar. Sin embargo, a veces pienso que las instituciones médicas sólo quieren tener a nuestros pequeños en alguna especie de tratamiento para cobrarnos y recibir más dinero. No las culpo, pero si nosotros podemos hacer algo por ellos y que en verdad funcione sin que tengan que ingerir sustancias que a la larga afecte su comportamiento, pues hagámoslo. Les voy a contar cómo ayudé a mi hija, quien según tenía déficit de atención, pero creo que lo único que tienen nuestros hijos en estos tiempos es un exceso de energía que hay que ayudarles a controlar o a sacar de su sistema.

Cuando mi hija tenía nueve años, notamos que le costaba trabajo hacer su tarea, comenzaba a hacerla, pero a los poco minutos se ponía a ver la televisión, a jugar con sus muñecas o escuchaba música y se ponía a bailar. En la escuela nos decían que se paraba a cada rato de su lugar para echar relajo, por lo que dijimos que quizá le incomodaban las bancas escolares, pero las vimos y se veían bastante normales. Así que, como todos los padres preocupados, lo primero que hicimos fue llevarla con un psicólogo, quien nos recomendó llevarla con un psiquiatra, quien nos recetó algunos medicamentos. Antes de dárselos, hice una búsqueda en internet para saber lo que le iba a dar a mi hija y en muchas páginas coincidieron que los efectos secundarios a largo plazo de estos medicamentos eran los peores, ya que afectaría su manera de actuar y pensar, se podría volver depresiva o sólo seria y sin ganas de hacer nada. Le dije a mi esposa que no quería darle nada de eso y que buscáramos otra forma de ayudarla.

Me puse a observar a mi hija por un tiempo y vi que le gustaba mucho bailar, que era lo que más hacía cuando estaba aburrida, así que decidí inscribirla a clases de baile. Probamos con el ballet, pero no le gustó mucho, así que preferimos algo más movido. Su comportamiento comenzó a cambiar poco, gracias a las dos veces por semana que tomaba clases. Hacía sus tareas casi por completo y le emocionaba ir a sus clases, pero aún había días en que nos llamaban de la escuela porque no traía la tarea completa. Supuse que todo era cuestión de agotar su energía, así que los tres días restantes de la semana la metí al deporte que ella quisiera, para mi sorpresa eligió natación. Así que la inscribimos. El cambio fue radical. Ella solita llegaba de sus clases, comía, se ponía a hacer TODA su tarea, veía la tele un rato y se dormía temprano. Ya no hubieron más llamadas de la escuela, sólo una, en la que nos felicitaron por el cambio de nuestra hija.

 

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